Cuando
a la gente se le pregunta ¿qué piensan de sus gobernantes? La respuesta de la
mayoría es que estos no saben nada sobre el concepto de gobernar, que el Perú
está como está por culpa de ellos, y demás quejas altisonantes que se resumen
en una sola palabra: corrupción.
En
nuestro país la corruptela sin freno ha constituido un problema crítico que se
ha ido repitiendo a lo largo de los gobiernos, uno tras otro, siempre desde las
sombras y a veces negados tras salir a la luz.
Al
tratarse un término que se ha dado en distintos lugares y ciclos de gobierno,
la corrupción puede ser entendida como el mal uso del poder
político-burocrático por parte de funcionarios, con el fin de obtener ventajas
políticas o económicas propias y que son contrarias al desarrollo social del
país, desviando recursos o alterando las funciones de algunas instituciones y
políticas del Estado.
Como
este acto siempre se realiza a escondidas, por debajo de la mesa, fuera de la
vista de la sociedad, se entiende que su proceso de acción es amplio y
complejo, por lo que las investigaciones que a veces realizan los medios de
comunicación toman su tiempo para revelar la verdad, haciendo necesario en la
mayoría de casos analizar el factor político y económico.
La
corrupción en si no comprende el simple acto de “saquear” los fondos públicos,
como se piensa en el imaginario de la gente. En realidad, sus actividades son
mucho más amplias y pueden comprender por ejemplo cuando se aceptan y se
ofrecen sobornos, la aplicación de políticas erradas y con un interés de por
medio, escándalos políticos, etc.
Este
acto desleal ha tenido cabida desde años atrás en varios países, logrando
adaptarse a los años venideros. Lo aborrecible en Perú, es que los actores
políticos o funcionarios a pesar de estar en falta ante el público, se valen de
ardides para poder salir librados de su amonestación. Tanto es así, que el
público ha creado su analogía con un animal
emblemático en particular.
Un animal que los pinta
La
imagen animalesca se ha centrado en el Congreso, en definitiva sobre los
congresistas conocidos en su mayoría como “otorongos”. Esta designación se ha
convertido en una metáfora popular-lingüística que evoca lo peor de ellos, como
personas torpes que nunca trabajan, no hacen nada, solo “comer” (robar dinero y
hacer corrupción).
De
esta manera, la ética que manejan los llamados “otorongos” es contraria a las
normas del Código de Ética Parlamentaria del Congreso, realizando sus labores
para sacar su propio beneficio, yendo así en contra de principios como la
honradez, verdad, democracia, bien común y justicia.
En
nuestro dialecto diario han nacido frases para describir sus malos procederes,
como aquella que dice “otorongo no come otorongo”, que quiere decir que los congresistas
se protegen entre ellos, cuando cometen una falta o delito. Esto es lo que
llamamos “blindaje político”.
Esta
situación diaria es la que arruina la imagen del Congreso, ya que son
incesantes los casos de congresistas “otorongos” que son acusados ante la
Comisión de Ética Parlamentaria.
El gran ardid político
Como
habíamos mencionado, los funcionarios corruptos se basan en varias estratagemas
y vacios legales para poder protegerse de una sanción cuando el delito es
revelado.
A
pesar que la Comisión de Ética tiene el deber de prevenir falta y acabar con
los delitos de corrupción, casi siempre el “otorongo” es salvado por los votos
de aprobación de su sanción. Los votos en contra se logran por relaciones
amicales entre congresistas y negocios-tratos entre distintas bancadas para
dejar bien librados a estos criminales de corbata. Al final la investigación
realizada no vale nada. Una total burla a la justicia.
Si
bien la imagen es grotesca y va en contra de los valores y morales en los que
creemos, antes debemos de entender cómo se conforma nuestro gobierno peruano.
En su esencia más práctica, el Congreso es el resultado de gollerías y
relaciones de amistad, las distintas agrupaciones políticas venden curules al
mejor postor, se la ofrecen a amigos o eligen al azar a los postulantes. Como
resultado, cualquier persona entra pasando por encima de la integridad,
responsabilidad y justicia que conlleva un puesto en el Congreso.
Así
podríamos pensar que casi todos son corruptos, los corruptos meten más
corruptos, más “otorongos”, y esto no tiene cuando acabar. Difícil es
imaginarse qué miembros de los partidos políticos son en verdad honestos y
lograr con ellos una reorganización de los mismos. ¿Quién quiere personas que
detentan el poder y el dinero del pueblo para ellos mismos?
El
panorama es tan malo, que nuestro sistema político parece necesitar de la
corrupción como una fuente que les permite funcionar y alcanzar un
posicionamiento de sus grupos de poder a través de relaciones de “patronazgo”,
como los intercambios de favores y malversación de fondos públicos para comprar
la aprobación de autoridades influyentes. Manteniendo todo en una calma
controlada. Se crea así redes de intereses creados que buscan un trato
especial, intereses corruptos que compiten entre sí, de manera desleal, para
hacerse del poder del Estado e inclinarlo hacía sus ramas, manteniendo la
corruptela creada.
Si
bien la corrupción ha existido a lo largo de varias épocas, está no es
inmutable ya que sus efectos varían en el tiempo. Su perduración se debe a la
inacción de las instituciones y reformas mal aplicadas. Son solo los esfuerzos
para contenerla y el fortalecimiento de las instituciones que las combaten lo
que permite un cambio. Pero estos cambios judiciales e institucionales, generan
vacios legales que permiten a la corrupción adaptarse, evolucionar y
sobrevivir.
Hay
infinidad de casos, pero podemos hablar de algunos actuales, como el hecho no
resuelto en que “los congresistas no pueden ser investigados por comisiones
investigadoras u ordinarias”, es con
este obstáculo con el que se encontró en el 2014 la Comisión Orellana y
actualmente otra que investiga la influencia del narcotráfico en partidos
políticos. Una traba legal impuesta por el propio Parlamento.
Lo
que se indica es que una comisión investigadora puede citar a un congresista a
declarar, sin que este se vea obligado en hacerlo, pues tiene inmunidad
parlamentaria. Ahora si haya fuertes indicios de vinculación a faltas graves en
los congresistas, se puede derivar el caso a la Comisión de Ética. Sin embargo,
como ya se mencionó, la votación puede salvar a cualquiera. ¿En qué se queda?
Otra
joyita que cabe mencionar es cuando se reabrió la investigación por lavado de
activos de la Primer Dama, Nadine Heredia, y se trato de evitar su
cuestionamiento público a través de una suerte de censura legal. Esto, a través
de la propuesta de “Ley contra el acoso político de las mujeres”, presentada
por la congresista Verónika Mendoza, quien logró su entrada al Congreso con el
Partido político Gana Perú.
Esta
“ley-salvavidas” beneficiaría la situación de Heredia, al permitir que “el
acoso sea penalizado con un mínimo de dos años de cárcel, cuando se cometa el
delito de perseguir y acusar de manera infundada a la mujer, limitando así sus
derechos políticos y competencias”. Un blindaje que amordaza a la prensa y la
oposición.
Una solución definitiva
Sospechamos
que la situación de la corrupción ha generado en la opinión pública una
percepción negativa de la política, en cuanto a sus preceptos morales se
refiere. No es de esperar, relacionar este acto delictivo como una práctica
común entre las autoridades, y mucho menos no pensar que estos se benefician de
ilegalmente del dinero del pueblo.
El
ideal buscado es educar a los ciudadanos dentro de una sociedad integral donde
exista una democracia y equilibrio del poder político, permitiendo
supervisarlo. Los corruptos acaban con esta visión. No se puede acabar con la
corrupción de la noche a la mañana, pero sí establecer medidas de contención
que eviten sus efectos corrosivos, así como disuasivos y castigos mucho más
severos a actitudes oportunistas.
No
se puede pensar en una solución drástica como votar a todo el Congreso y demás
actores políticos y colocar nuevos representantes. Estaríamos inmersos en la
anarquía total. Además que algunos sectores corruptos tienen tal poder político
que ejercen presión sobre las instituciones haciendo difícil combatirlos.
En
ese sentido, la clave de la solución se encuentra en enfocarnos en el futuro
generacional, en enseñar a los jóvenes sobre la moral, los valores y la ética,
para que de esa manera no caigan fácilmente en la tentación de ejercer una
profesión de manera incorrecta, encaminándose a la corruptela. Saber discernir
entre lo bueno y lo malo, sin excusas que justifiquen su mal proceder. De esta
manera, se establece la base de los pilares de una nueva sociedad libre de la
influencia de la corrupción.
También
hay una lucha frontal contra la corrupción iniciada por la Presidencia del
Consejo de Ministros (PCM) que involucra al sector público, el sector privado y
la sociedad civil. Esta herramienta es el Plan de Nacional de Lucha contra laCorrupción 2012-2016, en la que se definen los objetivos y estrategias para
prevenir y luchar contra la corrupción en el país. Asimismo, el ciudadano puede
descargar su Manual del denunciante donde se puede informar sobre la corrupción
y las acciones que puede tomar para hacer del Perú el país sin impunidad que
queremos.
